Semanario
Brecha de Montevideo, Uruguay
Viernes
7 de julio de 2006.
Elecciones
en México
¡Huele a podrido!
Todo indica que en México se está por consumar un golpe de Estado técnico contra el proceso electoral y el sistema constitucional. La parcialidad del Instituto Federal Electoral (IFE), la institución que tiene la obligación legal de ejercer su función de arbitraje, proyecta la sombra de un sofisticado fraude cibernético a favor de Felipe Calderón, el candidato de los poderes fácticos y la derecha locales y los grupos de interés en Washington.
La
de ayer, jueves, fue una verdadera noche de suspenso. México
no durmió. Avanzada la mañana todavía no se
sabía el resultado final, pero la tendencia favorecía
por décimas al candidato del Partido Acción Nacional,
Felipe Calderón. A las 8.30, cuando todavía faltaban
400 casillas por computar, Andrés Manuel López Obrador,
el candidato de la Coalición por el Bien de Todos, anunció
al país que impugnaría los resultados ante el Tribunal
Electoral del Poder Judicial de la federación y convocó
a sus simpatizantes a una asamblea en el Zócalo de la ciudad
de México mañana sábado. Se abrió, pues,
el peor escenario posible: el de una larga confrontación
política y judicial, en un país geográfica y
electoralmente dividido y con una sociedad polarizada en extremo.
El
maratónico recuento de votos en los 300 distritos electorales
del país había comenzado a las 8 de la mañana
del miércoles 5, y durante más de 20 horas López
Obrador se mantuvo al frente. Pero a las 4.07 de la madrugada del
jueves Calderón tomó la delantera por unas pocas
décimas, lanzó un mensaje de conciliación
nacional y “tendió la mano” a López
Obrador, en un gesto poco creíble en quien había
utilizado una verdadera guerra sucia mediática durante su
campaña para descalificar a su principal adversario.
En su
discurso mañanero de ayer, jueves, López Obrador fue
claro: dijo que hubo un “operativo de Estado” para
favorecer a Calderón. “Asistimos a un acto de
provocación. Siguen funcionando el aparato y los recursos del
Estado para favorecer al candidato de la derecha (…) es
evidente que hubo una manipulación (de las cifras) del prep
(Programa de Resultados Electorales Preliminares, el órgano de
conteo rápido del IFE). Hubo poca transparencia. Le faltó
independencia al IFE. Hubo consigna para que no se abrieran los
paquetes electorales y una prisa inusual para resolver en menos de 24
horas una elección numéricamente reñida (…).
No podemos reconocer el resultado. Son muchas las inconsistencias,
las irregularidades. Vamos a impugnar la elección, a exigir
que se abran los paquetes y se cuente voto por voto.”
Mientras
la incertidumbre seguía reinando en México al cierre de
esta edición, el llamado “factor Hildebrando” –la
manipulación de un algoritmo en el sistema cibernético
del IFE, cuyo software fue instalado por la empresa Hildebrando sa de
cv, que pertenecía al “cuñado incómodo”
de Calderón, Diego Zavala–, abría la posibilidad
de que desde el domingo 2, día de los comicios, todos los
mexicanos hayan asistido a un show mediático electoral,
montado para aparentar una cerrada competencia en un país
dividido en tercios. Según los expertos, se trataría de
un algoritmo que habría servido para inhibir la ventaja de
López Obrador y que significa todo un reto matemático.
La confianza y serenidad de Calderón y la alta dirigencia
panista a lo largo de la jornada del miércoles y la madrugada
del jueves, cuando López Obrador mantenía la delantera,
permite conjeturar que el IFE estaba administrando las cifras y que
ellos ya sabían el resultado.
CINCO
DÍAS DE INCERTIDUMBRE. El domingo pasado, a las 8 de la
noche, dos horas después del cierre de las casillas de
votación, estaba previsto que el IFE diera a conocer al
ganador de la contienda. Y si bien comenzaron a fluir lentamente las
cifras que daban una leve ventaja a Calderón sobre López
Obrador, el anuncio se postergó tres horas. En ese lapso, el
IFE se ausentó del escenario y dejó su tarea
informativa en manos de los “difusores”: los grandes
medios electrónicos; en particular, los consorcios privados
Televisa y TV Azteca. Es decir, por incompetencia o perversidad, en
un hecho sin precedente en las transiciones democráticas, las
autoridades electorales se borraron del mapa y dejaron en manos de
terceros el desempeño de sus funciones.
Cuando finalmente
apareció ante las pantallas el presidente del IFE, Luis Carlos
Ugalde, anunció la imposibilidad de ofrecer los resultados del
conteo rápido del prep, porque la diferencia entre los
punteros era muy pequeña. Y decretó un paréntesis
electoral hasta el miércoles 5. Segundos después, sin
que hubiera tenido tiempo de asimilar el contenido de la exposición
de Ugalde, el presidente Vicente Fox dirigió un mensaje a la
nación que estaba en total sincronía y sintonía
con el formulado por el titular del IFE. Es decir, Fox ya sabía
lo que iba a decir Ugalde y, sin el menor escrúpulo de por lo
menos cuidar las formas, pronunció un discurso gemelo; la
producción y coordinación de ambos mensajes fue
evidente. Lo cual restó credibilidad al árbitro de la
contienda, Ugalde, y proyectó la idea de unos comicios
contaminados. Con un agregado: como si se tratara de un mismo guión,
los “comunicadores” de los medios masivos repitieron
machaconamente a la opinión pública lo que habían
dicho a lo largo del día: por un lado, que México había
vivido una “fiesta de la democracia” que no tenía
nada que envidiar al “paraíso electoral” suizo.
Por otro, que había un “empate técnico”
entre Calderón y López Obrador, con leve ventaja del
primero.
Una ciudadanía entre incrédula y pasmada
asistía en vilo a un desenlace que era administrado con
cuentagotas por las autoridades electorales y que al final se
postergaba tres días. Todavía no se conocían los
grandes desaseos, vicios e irregularidades del proceso electoral que
irían saliendo a la luz pública a lo largo de la
semana. Pero ya se percibía la parcialidad gubernamental, de
las autoridades del IFE y de la “videocracia” para hacer
ganar al candidato de Acción Nacional. Con el paso de las
horas y los días el “empate técnico” afloró
como un escenario construido desde los poderes político,
económico y electoral para facilitar el “triunfo”
del segundo, Felipe Calderón.
Ante el alud de pruebas que
se iban acumulando y configuraban un fraude de proporciones, el
martes pasado la Coalición por el Bien de Todos desconoció
la legitimidad del prep y exigió que en las sesiones de los
300 distritos electorales, previstas para el miércoles, se
contara voto por voto, acta por acta y casilla por casilla, para que
la ciudadanía tuviera plena certeza del resultado. Además,
se pidió la revisión de los sufragios nulos (2,2 por
ciento), dado que con una diferencia tan estrecha, podrían
cambiar el resultado final de la elección.
Un día
antes, López Obrador había denunciado la “desaparición”
de más de tres millones de votos de las cifras del prep.
Veinticuatro horas después, un funcionario del IFE anunció
que habían mandado poco más de dos millones y medio de
votos al “archivo de las inconsistencias” y que constaban
en “actas ilegibles”. Es decir, ante la denuncia,
admitieron su existencia y las sumaron al prep; pero no se aclaró
en qué momento dejaron de ser ilegibles y cuándo se
volvieron confiables. ¿Por qué un día no lo eran
y al otro sí? Al sumarlas, la ventaja de Calderón sobre
López Obrador se redujo de 1,04 a 0,64 por ciento, es decir,
una diferencia de 257.532 votos. Ante tal situación, la
confusión siguió prevaleciendo.
Las sospechas sobre
la actuación facciosa del IFE no afloraron el 2 de julio:
estuvieron presentes a lo largo del proceso comicial, sobre todo por
la complacencia de ese organismo con el descarado intervencionismo
del presidente Fox y los dueños del dinero –reunidos en
el Consejo Coordinador Empresarial–, y las campañas de
miedo y odio clasista promovidas por el partido oficial, copado por
una ultraderecha beligerante que, de confirmarse los resultados,
tendrá amplia representación parlamentaria y ocupará
varias gubernaturas.
CERTEZAS
E INTERROGANTES. Un primer balance aproximado sobre los comicios,
dado que todo puede cambiar a partir de lo que resuelva el TEPF,
permite constatar que existe un electorado genuinamente dividido
entre los partidarios del continuismo neoliberal y quienes optaron
por un cambio de rumbo de signo progresista. El país quedó
marcado por una verdadera contradicción Norte-Sur, que divide
al México rico del México pobre; lo que combinado con
otros elementos dibuja un escenario de gran incertidumbre y
conflictividad social a corto y mediano plazo.
Un segundo dato es
que la campaña negativa del gobierno y el oficialismo contra
Andrés Manuel López Obrador, funcionó. A través
de una campaña de medios multimillonaria, los estrategas del
voto del miedo lograron fijar la idea, en un amplio espectro de
ciudadanos, de que López Obrador encarna “un peligro
para México”. Dicha campaña fue combinada con una
“estrategia de tensión” consistente en operativos
de tipo contrainsurgente en Michoacán, Atenco y Oaxaca,
dirigida a amedrentar a la población. Otro elemento
irrefutable es el colapso del Partido Revolucionario Institucional y
su candidato Roberto Madrazo. El pri perdió cinco millones de
votos en relación con la elección presidencial del año
2000, siendo empujado hacia el tercer lugar como fuerza política
nacional.
Otra de las certezas que arrojan los comicios es que sea
quien sea el próximo presidente electo, lo será con el
voto más minoritario con el que haya llegado al gobierno un
mandatario mexicano. Alrededor de dos tercios de los electores, dos
de cada tres votantes, habrán experimentado la sensación
de derrota y se podrán decir no representados por el vencedor.
Otra evidencia es que habrá un Congreso dividido y un
Ejecutivo sin mayoría parlamentaria, lo que obligará a
alianzas y negociaciones políticas. Sin duda, con su 22 por
ciento el viejo partido aplanadora, el pri, seguirá siendo el
fiel de la balanza. Otro dato es que el Partido de la Revolución
Democrática, el de López Obrador, arrasó en el
Distrito Federal, centro político del país, y mantuvo
la jefatura de gobierno por tercera elección consecutiva.
En
ese contexto, lo que sigue es de pronóstico reservado. Se
abren escenarios complejos para México. La disyuntiva
inevitable es que en un escenario de crisis política se acepte
un conteo general de votos, uno por uno (cosa que parece improbable y
a lo que el pan ya se ha opuesto) o que el Tribunal Electoral del
Poder Judicial de la Federación (TEPJF) opte por anular la
votación y se dé paso a un gobierno provisional.
El
10 de julio se pone en marcha el período para que la Coalición
por el Bien de Todos presente los recursos de impugnación. El
TEPJF, que falló contra el pan por la guerra de spots contra
López Obrador, tiene capacidad legal para invalidar el proceso
comicial, por ejemplo, si se llegara a anular 20 por ciento de las
casillas o por graves irregularidades. El 31 de agosto es la fecha
límite para resolver las impugnaciones de los juicios de
inconformidad de la elección presidencial y el 6 de setiembre
es el último día para que el TEPJF declare si hay
presidente electo. El tribunal tiene facultad plenipotenciaria,
inapelable, para calificar la elección. Hasta que ocurra eso,
todo indica que el país penderá de un hilo.
Al
enviar estas líneas, con el 99, 6 por ciento de los distritos
computados, la ventaja de Calderón sobre López Obrador
era de 35,8 contra 35 por ciento. El coro de la derecha
procalderonista comenzaba a arreciar con sus llamados a la
conciliación de clase, el diálogo, la unidad nacional,
la reconciliación de los mexicanos, el acuerdo. Combinado,
claro, con la “preocupación” de los ideólogos
de la derecha vernácula y sus aliados internacionales: Enrique
Krauze lanzó un llamado a la “solidaridad” de
América Latina para defender la democracia, sobre el supuesto,
dijo, de que López Obrador “ya optó por la
revolución”.