Declaración de Guatemala

Hermanas y hermanos, en la Primera Carta de Pedro se nos dice que estemos siempre dispuestos a dar testimonio de nuestra esperanza ante cualquiera que nos pida razón (1 Pe 3,15).

La situación que se vivió en la Asamblea del SICSAL celebrada este año 2005 en San Salvador nos exige dar razón de esta esperanza. El evento lo calificamos como un Kairós, un paso de Dios para las comunidades, comités Oscar Romero y organizaciones que integran el SICSAL, cuya experiencia de solidaridad fortalece la esperanza en nuevos horizontes de vida, frente a los fenómenos inhumanos que el sistema nos impone.

Asistimos a nivel planetario a una creciente y cruel imposición de modelos neoliberales que agudizan la brecha entre un mundo cada vez más opulento (20% de la población) y otro mundo cada vez más empobrecido (80% de la población mundial). El imperio y sus multinacionales invaden naciones y pisotean el derecho de los pueblos a fin de incrementar su capital. El sistema dominante profundiza, cada vez más, la división entre estos dos mundos, provoca crecientes fenómenos migratorios y propicia la discriminación, el racismo y la exclusión.

Hoy, para quienes integramos una red de solidaridad, los seres humanos no están clasificados por nacionalidades, ni siquiera entre Norte y Sur, sino entre explotadores y explotados-excluidos, entre quienes se afanan por mantener y fortalecer el sistema neoliberal y quienes luchan por construir otro mundo distinto.

Referente a lo eclesial no son menores los nubarrones oscuros que se ciernen sobre la Iglesia comprometida con la liberación integral de los hombres y mujeres, particularmente de los pobres y excluidos. El autoritarismo, el clericalismo, el dogmatismo y el centralismo romano tratan de ahogar los brotes de libertad evangélica que surgen de las comunidades eclesiales.

La globalización neoliberal y el integrismo eclesial nos retan a globalizar la esperanza, el amor, la ternura y la fraternidad, dando razón de ellas, con tolerante firmeza, cuya primera exigencia sería la superación de nacionalismos, rompiendo y superando fronteras geográficas, culturales, religiosas e históricas. Los hombres y mujeres del espíritu ya no se fijan dónde nacieron sino por qué mundo optan. Parafraseando a nuestro querido y admirado Pedro Casaldáliga, sentimos que hoy más que nunca, hemos de pensar mundialmente y actuar localmente. Nuestros sueños globales se concretizan en el compromiso concreto ahí donde vivimos. Estamos llamados a dar testimonio de esta esperanza como gente nueva que busca la construcción de la ciudadanía universal más allá de razas, cultura, lengua o nacionalidad.

El Apóstol Pablo señala que entre los seguidores del Señor Jesús:

Ya no hay judío ni griego,
ya no hay esclavo ni libre,
ya no hay varón ni mujer,
porque todos somos uno en Cristo Jesús (Gal 3, 28).

Lo que equivale a decir: ya no hay ladino ni indígena, negro o blanco, nacional o extranjero, latinoamericano, africano, europeo, asiático o de la Oceanía, porque la fe y el compromiso con el proyecto del reino de Dios nos hace hombres y mujeres nuevos, hermanos y compañeros de una misma esperanza, respetando y valorando la diversidad cultural. Entre los creyentes en Jesús, el Cristo vivo y resucitado, ya no hay diferencia por razón de cultura o lugar de nacimiento. La fe nos une a todos aquellos y aquellas que soñamos en otro mundo posible.

El Dios de todos los hombres y mujeres, de cristianos o no cristianos, de creyentes o no creyentes, nos desafía a globalizar la solidaridad, rompiendo muros y fronteras. Este desafío apunta a la utopía, el ideal de sociedad querido por Dios. Deseamos soñar y describir imaginariamente el modelo de sociedad que queremos. Este es el sueño de tantos hombres y mujeres justos y el sueño de Dios para la humanidad que describe el profeta Isaías:

He aquí que voy a crear unos cielos nuevos y una tierra nueva.
Ya no se recordará el pasado?
Ya no se oirán más llantos ni clamores?
El lobo habitará con el cordero
y el leopardo se acostará con el cabrito.
Comerán juntos el becerro y el león
y el niño pequeño jugará con la serpiente?
No se hará mal ni habrá corrupción,
ni habrá más daño ni destrucción, dice el Señor?
Las espadas se convertirán en arados
y las lanzas en hoces.
Ninguna nación levantará la espada contra otra
y no se ejercitarán más para la guerra (Is 65,17-25; 11,6-9; 2,4).

Pese a que en la Asamblea del SICSAL predominó este espíritu y la esperenza de otro mundo posible, también afloró algunos antisignos del Reino. Se dejó sentir en algunas personas, criterios y actitudes excluyentes por razón de origen, que contradicen el espíritu de fraternidad universal que exige el Evangelio de Jesús, espíritu siempre nuevo que debe animar toda red de solidaridad, donde el amor debe prevalecer sobre todo.

Creemos que la misión del SICSAL consiste en proyectar, en la sociedad y al interior de la Iglesia, la realización de «los cielos nuevos y la tierra nueva», signo de la presencia del reino de Dios. Si tenemos fe en la promesa de Dios y confianza en las posibilidades del ser humano, estamos obligados a creer que se puede construir una tierra distinta en la que cada hombre y mujer puedan vivir como seres humanos y hermanos de toda la creación, con una conciencia nueva de que somos ciudadanos del mundo antes que de este o aquel país. Creemos que el amor y la solidaridad no están condenados a la esterilidad, sino que aún tienen posibilidad de engendrar un mundo nuevo. Si mueren los sueños muere la esperanza. Proclamamos que la solidaridad no tiene fronteras. Nuestra opción es por los empobrecidos del mundo.

Pensamos y proponemos, por tanto, que el SICSAL debe transformarse en una instancia más amplia y universal. En tiempos de globalización neoliberal, se nos presenta el reto, como alternativa cada vez más desafiante, de configuar una red mundial de solidaridad entre los pueblos del mundo. Esta red trataría de articular las distintas expresiones de solidaridad existentes tanto en el Norte como en el Sur, inspirada en la espiritualidad siempre actual de Monseñor Oscar Romero, Juan Gerardi y demás mártires de América Latina y de otros continentes, y de su fundador el obispo Sergio Méndez Arceo a quien Pedro Casaldáliga llama «Hombre de corazón universal, gigantesca paloma solidaria y en vuelo».

Es hora de romper fronteras, abrir puertas y ventanas a los pueblos del mundo, con una actitud de respeto y de diálogo, sin complejos de superioridad ni de inferioridad, libres de resntimientos y prejuicios del pasado, apostando por la vida de las personas y de la naturaleza, y por una Iglesia abierta al Espíritu, renovada y renovadora, libre y liberadora, profética, con sabor a pueblo, incluyente y fraterna.

Expresamos nuestro agradecimiento sincero al obispo Samuel Ruíz por su testimonio de vida y la rica e iluminadora aportación teológica dada al SICSAL, emanada de su experiencia profética al servicio de los pueblos indígenas. Agradecemos también a la nueva Secretaría su dedicación y entrega a la reestructuración de la red del SICSAL. Finalmente, manifestamos todo nuestro apoyo al obispo Alvaro Ramazzini, nuevo presidente del SICSAL, pastor comprometido con la justicia y las causas de los pobres, y a la copresidenta Hermana Raquel Saravia, mujer de larga trayectoria al servicio del pueblo de Dios.

Hermanos y hermanas, esta es nuestra esperanza que hemos deseado compartir con ustedes, dando razón de ella.
Rodolfo Godínez, Eddy Armas, Hna. Mª Consolación Correa
Fernando Bermúdez, Mary Carmen García Soage, Miriam Mazariegos
José Antonio Puac

Representantes de diferentes instituciones: REMHI San Marcos, SEJUVE Guatemala, Pastoral Areas Marginales, Instituto Regional de P.J. Arquidiócesis de Guatemala, Derechos Humanos del Arzobispado de S. Marcos, Medicina Natural Alternativa, Comunidades Eclesiales de Base, ODHA y Pastoral Interdiocesana.

San Marcos, 15 de mayo de 2005