Carta a los obispos y arzobispos de la Conferencia Episcopal Española

Coordinadora de Comité Óscar Romero
Mayo 2006

 

Estimados obispos y arzobispos:

Hemos leído atentamente su instrucción pastoral titulada “Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II”. En primer lugar diremos que no somos expertos en teología o en moral. Sólo cristianos normales y corrientes. Eso sí, implicados en la vida y obras de la iglesia católica.

Dicho esto, queremos señalar que nos han sorprendido varias cosas. A nuestro entender, el título no refleja el contenido de la instrucción pastoral. A priori, parecería que se daba en el seno de la Conferencia Episcopal una reflexión sincera, serena y compartida de los complejos porqués de la llamada secularización de la sociedad española. Pero no es así. El interior del documento contiene escasas referencias del conjunto social y su vida actual. Tampoco aparecen alusiones a la nueva visión que el Concilio Vaticano II tuvo del mundo y del papel de la iglesia en él. Ese “mirar cara a cara este mundo nuestro, con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas, sus conquistas y derrotas”; esa declaración de que el mundo “no es sinónimo de pecado, sino lleno de valores, del cual debemos sentirnos parte y trabajar para que satisfaga sus justos anhelos”; en fin esa mirada positiva, esos aires nuevos han sido sustituídos por una imagen sombría y llena de peligros para el buen cristiano.

Llama la atención el tono utilizado. Un tono de afirmación doctrinal en la que señalan enseñanzas que “ponen en peligro la Profesión de fe, la comunión eclesial, causan confusión entre los fieles e impiden impulsar la evangelización” y perturban “la fe de los sencillos”. Esta proclamación impregna todo el texto y deriva de él su fin. La afirmación de conceptos teológicos no cumple una función per se, formativa, sino que se utiliza para atacar a alguien, para arremeter contra aquellos “grupos que propagan enseñanzas contrarias al Magisterio de la Iglesia en cuestiones de fe y moral” y ofrecen “una concepción deformada de la Iglesia”.

Uds. dan, pues, una nueva vuelta de tuerca al terco diagnóstico de los problemas de la iglesia católica: la culpa de nuestra situación la tienen los de fuera o los de dentro que, en realidad, están fuera y sólo intentan destruirnos.

Creemos que la situación actual es mucho más compleja. Nos encontramos en un tiempo de profundos cambios personales, políticos, económicos, sociales, … y religiosos. Y los pretendemos analizar con instrumentos viejos y solucionar con recetas del pasado. Quizás nos convendría un poco más de humildad, de escuchar al otro y no de encerrarnos en nuestro castillo a esperar que escampe porque el mundo es corrupto y sólo siente la tentación de “apostatar silenciosamente de Dios”.

Conceptos como Reino de Dios, Pueblo de Dios, las Bienaventuranzas o el amor al prójimo como regla suprema no asoman la cabeza entre el mar de doctrina de la instrucción. Apenas unas menciones meramente instrumentales en los apartados correspondientes al “ministerio ordenado en la Iglesia”. No se profundiza en la afirmación “Todo hombre está llamado a participar, por caminos que sólo Dios conoce, en esta Pascua del Señor y a entrar así en el Reino”. Texto, como Uds. muy bien anotan, que también forma parte de los documentos del Concilio Vaticano II.

Los escritos y grupos “condenados” no pretenden, como afirma permanentemente esta instrucción (al menos así lo entendemos y con nosotros otras personas y organizaciones), “separar el Reino de Dios de la figura histórica de Jesucristo”. Ni buscar solamente “la liberación de estructuras opresoras” prescindiendo del anuncio de la persona de Jesucristo. ¿Por qué?

Porque todas estas cuestiones están inextricablemente unidas en la figura de Jesús. El tema central de su predicación, la realidad que daba sentido a toda su actividad fue el reinado de Dios. Un reino en el que los protagonistas son los pobres, los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los de corazón limpio, los constructores de la paz y los perseguidos por causa del reino. En palabras de I. Ellacuría una lectura cristiana de las bienaventuranzas “supone que los destinatarios principales del mensaje del reino son los pobres y supone, además, que en este primer anuncio solemne del reino se dibuja lo que pudiéramos considerar la carta fundacional de la iglesia de los pobres”

Un Jesús resucitado que denunció a los poderosos y reveló su palabra a los sencillos. Un tal Jesús que fue perseguido por las autoridades políticas y religiosas de su época y fue fiel a la voluntad de Dios.

Un Jesús bueno, compasivo, misericordioso, justo y que nos puso como regla suprema, como juicio supremo el amor al prójimo. Recordamos aquí las palabras de Pablo VI en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi: “Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará el mundo, es decir, mediante el testimonio de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo”.

Con todo esto no queremos decir que los grupos que mencionan en su instrucción tengan toda la verdad ni interpreten siempre correctamente qué es el Reino de Dios. Sólo deseamos aclarar algunas dudas y exponer otros textos y referencias entresacados de la obra de los que Uds. llaman “personas que desempeñan, con entrega ejemplar, su misión eclesial en el ámbito de la teología”.

En este mismo sentido, echamos de menos alguna referencia a la necesaria autonomía de la investigación teológica que, como otras ciencias humanas, avanza gracias a la honesta confrontación de ideas y propuestas en el ejercicio de un sano pluralismo y, por supuesto, de la fidelidad al Evangelio. Resulta llamativo que, en la instrucción, la confrontación se da entre una doctrina del Magisterio verdadera y plagada de certezas y las opiniones de ciertos teólogos que causan duda y escándalo entre los fieles.

Aun dejando de lado la pregunta sobre lo que verdaderamente causa desorientación y escándalo entre las personas sencillas dentro y fuera de la Iglesia, creemos que, si bien es cierto que existen verdades esenciales para nuestra fe, no es menos cierto que existen temas que se encuentran dentro de lo opinable y, además, la ciencia teológica moderna tiene campos abiertos a los que es necesario acercarse con el valor y la apertura de espíritu que exige el trabajo en las fronteras, bien sean de la acción o del pensamiento humanos.

Tal vez sea éste el caso de las llamadas teologías del pluralismo religioso, cuyos autores son conscientes de la revolución y el riesgo que supone repensar los temas teológicos sin pretensiones de exclusividad, pero que lo hacen, como dice Andrés Torres Queiruga, desde un cristianismo confesado con gozo y vivido con entrega.

Así pues, les pedimos menos condenas y sentencias doctrinales y más compromiso por el Reino, por los pobres de este mundo. les pedimos que trasladen la defensa radical de la vida y la dignidad humanas también a otros ámbitos. Consideren, por favor, contrarios a la construcción del reino todos los preparativos que conduzcan a las guerras, a cualquier guerra. Trabajen para colaborar en la erradicación de las torturas y malos tratos. Prediquen clara y contundentemente contra la explotación laboral y en favor de los derechos de los trabajadores y practíquenlo cuando contraten a alguien. Desautoricen con su palabra y con sus hechos todos los mecanismos políticos y económicos que contribuyen al empobrecimiento de la mayor parte de la población mundial. Pero, sobre todo, díganlo con nombres y apellidos, tal y como hablan, por ejemplo, de la educación, del aborto o de la eutanasia. Esperamos sus documentos y sus iniciativas.

¡Se nos olvidaba! Les rogamos que nos pregunten, en otras ocasiones, si nos sentimos confusos o “zarandeados por cualquier viento de doctrina”. No sabemos qué herramientas habrán utilizado para medir las inquietudes que reflejan en esta instrucción pero a nosotros, como católicos comprometidos en la iglesia y fuera de ella, nadie nos ha preguntado. Y existen fórmulas para llevarlo a cabo. Vale.

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